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Carnaval de Málaga [WEB OFICIAL] - La Fiesta del Invierno Cálido
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Julián Sesmero
Señoras, señores:
No sería yo quien me alzara esta noche con el santo y la limosna al pretender ser portavoz y pregonero de un fenómeno que, como el Carnaval, es patrimonio del pueblo. Sólo si ustedes forman gavilla conmigo y juntos recorremos unos instantes las calles y las plazas, los rincones y las plazoletas de Málaga, en tertulia ciudadana con lenguaje propio y sin la sordina de la morigeración, me atrevo a poner mi voz -que es lo único que me queda después de amar a Málaga como a ninguna otra cosa del mundo- a este pregón carnavalero. Vosotros y yo sabemos perfectamente que aquí, en vuestra presencia, se levanta un monumento a la gente de Málaga, al pueblo de Málaga en su esencia popular, y esa esencialidad es la que me produce corte y fatiga. Prestadme, pues, vuestra voz esencial. Sin ella sería difícil el canto, el diálogo, el coloquio entre vecinos en torno a una celebración no por anunciada menos inquietante. Parta de mi la proclama y de vosotros el gesto de atenderla, que entre unos y otros tenemos que hacer bueno a los ausentes el entrañable sentido de nuestra convocatoria conjunta.
¡Mozas y mozos núbiles de Málaga que todavía no habéis catado lo que es menester. Viejas pellejas de la quinta del treinta y ocho de obligado candado en la caja del sancocho!.
¡Viejos expertos en mondongos todavía traviesos e inquietos ante la niña que se (...) en misterio de veteranía!.
¡Soldados sin graduación que levantáis todas las mañanas robustas, hieráticas tiendas de campaña, no importa el peso de la manta o el edredón!.
¡Casaderos y casaderas que jugáis al cinco contra uno bajo la enagua de la mesa de camilla o entre las macetas de alpidistras que hay en el descansillo de la escalera!.
¡Vecinos y vecinas que os acometéis mutuamente en el recorrido del ascensor, del primero al décimo piso!.
¡Alcahuetas del mucho mirar por los visillos, por si alguien se atreve a hacer lo que no os fue permitido cuando os lo pedía el cuerpo!.
¡Inefables beatillas del sexto mandamiento rigiendo vuestras vidas, que se secan y angostan, y que tenéis ya hasta los pelos al propio San Pedro, a fuerza de perseguiros con la zapatilla!.
¡Damas recatadas y timoratas del quiero pero no puedo y morigerados caballeros de descansada portañica!.
¡Dejad que por un día la jaca resulte jaco, que estamos en Carnaval y el Carnaval pide que cada cual sea él mismo. Un rato, una hora, un minuto. Lo preciso, ciudadanos, para poner boca abajo a la Historia y hacer que la historia se pueda izar esta noche sobre la sinceridad de la criatura, que un día al año, ni a los curas hace daño!.
¡Venid al Carnaval con la máscara o el antifaz por testigo o venid a cara descubierta, que no existe trampa ni cartón en eso de decir a los demás cómo les vemos desde el valle urbano cuando ellos se izan en la colina del poder, de la gestión, del compromiso y de la olla podrida en la que guisan con garbanzos ajenos! Eso no es malo, ciudadanos, y vosotros lo sabéis como yo. Atended mi proclama, que Málaga nos pide este nuevo sacrificio por ella.
Desconfiad, hermanos, de aquellos que nos quieren meter en su mismo corsé de intolerancia; de ellos nunca será el reino de los cielos, porque no aceptaron la crítica. Desconfiad, hermanos, de quienes os recomiendan prudencia, porque tampoco para los hipócritas habrá sitio en el paraíso. Y sabed que no existe mejor Carnaval que aquel que no haga terminar a sus protagonistas en la prevención o el cuartelillo.
Precisamente, en Málaga al menos, los mejores carnavales de Málaga fueron aquellos en los que toda la gente puso en la pica pública a los gobiernos, políticos, concejales, administrativistas, chupatintas, mosenes, burgueses, capillistas y otras gentes del cinismo y la hipocresía. No hay que escuchar la voz que recomienda discrección y mesura; en el fondo nos están pidiendo clemencia por su ineficacia, perdón por las afrentas que nos adeudan y benignidad hacia su prevaricación. Y porque Málaga nos demandará a todos nuestra parte en su progreso, debemos atender, como ya lo hicieron nuestros padres, nuestros abuelos y bisabuelos, la exigencia de la crítica burlona.
En todo caso, hagamos como las murgas y comparsas de antaño. Dejemos para las primeras el cachondeo hortera y para las segundas el fino gesto de reconocer virtudes en los demás. Con este objetivo, todos contentos y la autoridad podrá dormir tranquila...

De 1931 tomó al azar la letra de una murga:

"Esta mañana en el mercado
dio una caída la Encarnación,
llevaba huevos en un canasto
y en la caída se les rompió.
A un recobro que iba pasando
huevos fiados ella le pidió,
el recobro se los negaba
y protestaba la Encarnación.
Yo no sé lo que allí pasó,
pero lo cierto es
que lo cierto es
que los huevos le cogió..."


La comparsa de "Los Húngaros", en 1903, dejó caer por las calles de Málaga una letra que encomiaba la acción municipal. Decía:

"Bonito acuerdo han tenido
muchos de los concejales
nuestro parabién reciban
por sus nuevos ideales.
Don Enrique Herrera Mol
dejó muy grata memoria;
en esta divina tierra
ha de resonar su historia.
También don Guillermo Reina,
hombre amable y de respeto;
por su idea están las calles
arregladas con cemento.
Si es don Eduardo España,
Málaga entera lo adora;
se ganó la simpatía
con el Puente de la Aurora."


Y otra murga, alusiva a los desvaríos del sexto mandamiento:

"Esta señora que está presente
quedó viuda de un ricachón
y como siempre estaba caliente
se rascaba mucho el mostachón.
Siempre con la cocinera
se encuentra de tasquera
y la quiere matar.
No quiere más tortillas
y tiene a la chiquilla
medio desbarata.
Se ha enamorado del jardinero
porque le ha visto gordos los brazos
y quiere darle mil pesetas
si le mete el chorizo en manteca."


De este mismo tiempo, y a propósito del incendio que se registró en el Málaga Cinema, la murga cantó lo siguiente:

"Cuando en el Málaga Cinema
hubo quema
¡vaya calor!
Millones de criaturas
con la pintura
se pegaron al sillón.
Vimos muchos niños
salir de bote en bote
y allí se dejaron pego
el bigote.
La pobre de mi suegra
que el estreno vio,
hasta el chupapiedras
lo tiene pelón."


Repasando la escasa bibliografía que existe en Málaga de materia de murgas y comparsas, uno tiene la sensación de que el acontecimiento carnavalero, aún siendo -cuando estuvo autorizado- un fenómeno popular, no gozó demasiado de las simpatías de las clases dominantes (no me refiero sólo a las económicas, sino también a las políticas) y ello se traducía en una falta de referencia periodística que testimoniara suficientemente lo que en la calle ocurría. Se publicaban, sí, las detenciones; se hacían notorios los incidentes y sucesos registrados; pero no hay un compendio de letras, ni de murgas ni comparsas, que fuera divulgado como demostración y pista de por donde iban los tiros, las pullas y las ironías durante los diferentes años. En el Museo del Libro Malagueño que con tanta paciencia ha ido creando durante cincuenta años Pepe Negrete, he podido recoger letras y letrillas que, a su vez, fueron recogidas de oído, transmitidas de forma oral y no gráfica, lo que viene a demostrarme a mí mismo que el miedo a la letra impresa -en lo que al Carnaval se refiere- siempre estuvo latente en Málaga.
Pero hubo auténticos creadores. Las comparsas "Fin de Siglo", la de "Los Siete Niños de Ecija", la de "Los Húngaros" o la de "Emilio Rojas", demostraron amor al Carnaval y agudeza para servirlo. Y en cuanto a las murgas, también éstas hicieron un papel preponderantemente crítico, aun cuando el lenguaje de la calle utilizado en tales fines, a veces producía en el público estremecimientos de inquietud dado que, por un puntazo político, la gente podía ser abrigada a trasladarse a la prevención; y por otro, los hipócritas se escandalizaban ante vocablos muy concretos reñidos con la estética fonética... y el sexto mandamiento.
De todas las murgas y murguistas surge, como realizador de un rol insuperable, la figura de Diego El Bollero. Macizo, colorado, cuellicorto, haciendo gala de su oficio de panadero, yo le conocí en los últimos tramos de su vida cuando despachaba los bollos de racionamiento en la tahona de calle Hurtado, en el barrio de Capuchinos. Era viejo cuando yo le contemplaba; sin embargo, y como quien tuvo retuvo, todavía había en él la dignidad del personaje popular hecho leyenda y genio para afrontar aquellos años de silencio carnavalero.
Lo que yo habría dado -como tanta gente de hoy- por verle, en los carnavales de los años treinta, con su célebre murga. Verle, además, en una Málaga que no había perdido la alegría. Y verle en su ambiente, con su gente y su paisaje.
Diego El Bollero representa la murga malagueña por antonomasia. Cada tiempo de Carnaval, las huestes de El Bollero se reunían en secreto con el fin de que las letras que saldrían a la calle no fueran conocidas por nadie hasta el momento del Carnaval. Se enviaban espías de uno a otro barrio, a ver por donde iban los tiros ese año. Pero nada. Los del Bollero no dejaban caer prendas. Así, cuando desde Los Postigos, La Carrera de Capuchinos, Dos Aceras, Refino y Los Frailes se formaban grandes grupos para esperar a la murga del Bollero, Málaga entera estaba allí para aplaudirles. Sin pelos en sus lengua, con sus voces aguardentosas y casi desafinadas, harían ironía de todo lo humano. El primer éxito de los del Bollero fue cuando, remedando a un celebre descubrimiento arqueológico de la época, ocurrido en Egipto, ellos cantaron "A lo alto la Alcazaba/ contrataos fuimos tos/ y perdimos hasta los pitos/ de la que allí se formó". Los del Bollero imaginaron que había que situarse en la Alcazaba malagueña, lugar de interés arqueológico, y como allí no podían situar a experto en la materia, pusieron a los de la Policía Urbana. Naturalmente, la Policía Urbana, en el caso de haber hecho algún alumbramiento arqueológico, no habría aparecido la momia de Tutankamón, sino otra cosa diferente. Decían los del Bollero: "Echaron un balde de mierda/ por una ventana/ y tuvo que acuí/ la Policía Urbana". Hago hincapié en la diferencia del "balde" al cubo. Un cubo limita su contenido; un balde, el arcaico balde malagueño, era mucho más; estaría entre el cuerno de la abundancia o el moderno contenedor. Por eso, cuando los del Bollero cubicaron la escatología recogida por la Policía Urbana, uno tiene que imaginar que aquello era la generosidad misma, el desborde, la avalancha, el tropel bajando por las colinas de Puerta Oscura... dejando a la Policía Urbana debajo de la caca-mierda, igual que quedan los pollos cuando les aplastan los residuos de las vacas.
Pero donde el Bollero alcanzó dimensión de leyenda fue cuando salió imitando a un niño que jugaba al trompo. Gordo y orondo como estaba, se colocó un babero infantil. Nada debajo, mostraba a todos unas piernas gordezuelas y peludas que ya provocaban la risa. De vez en cuando, Diego ponía pacientemente el volantín desde la punta al remate de la perinola; luego, se agachaba para lanzarla; luego, más agachado todavía, para recoger el trompo en la palma de su ano derecha, tal como hacían los niños de la época. ¡Madre! Lo que al Bollero se le veía (...) donde acababa el dobladillo del babero era..., era... la gloria del mondongo, el santo y seña del caballo de Espartero, los badajos catedralicios agitados en vísperas de la mucha fiesta, las campanas de Notre Dame movidas por Quasimodo. Tan sensacionales cataplines -envidia de muchos y asombro del resto- hicieron época. Fue la parte de la anatomía del Bollero que Málaga conoció y que mayor número de comentarios levantó aquel Carnaval. Claro. Era demasiado. Málaga no vio nunca -y gratis, además- un espectáculo semejante. Vamos, que un mariquitasuca, ante los colgajos de Diego El Bollero, gritó en calle Dos Aceras "¡Que le pongo un piso, que le pongo un piso!", y a poco se traga el trompo con el volantín incorporado... el admirativo sarasa.
Lo que muy poca gente sabe (y que yo lo sé por haberlo contado El Bollero a unos pocos amigos capuchineros) es que, en su afán de hacer de bebé durante aquel Carnaval, de cuando en cuando se detenía en medio de la calle pidiendo "Mamá, pipí", y se ponía a hacerlo; "Mamá, caca", y realizaba el gesto en medio de una total algarabía de fiesta y palmas. Así fue como El Bollero por todo el recorrido. De cuando en cuando, también, alguien le acercaba una copa con el fin de que el cachondeo continuara. Fue un amigo, un gran amigo de Diego, quien le gastó la broma terrible, y una de las veces, en la copa de vino que le entregó , vertió jalapa, es decir, la purga que nuestros abuelos daban a su hijos para dar de vientre. Diego, entre los vapores del alcohol, la risa de la gente, los mondongos al aire creando fiesta y admiración y lo bien que lo estaba pasando, no se dio cuenta. Pero recibió el primer aviso en forma de retortijón de barriga, y empezó a amoscarse. De pronto, dicen quienes les vieron, Diego El Bollero comenzó a agitarse, a llevarse las manos al sitio para impedir la rociá escatológica. "Mamá, caca", gritaba, "pero caca, caca; caca de verdad". Y viendo que la gente le reía la gracia cada vez con mayor alegría y aplauso por lo bien que le estaba saliendo la comedia, se dirigió a los suyos y les dijo: "Mal doló le den al de la copa. ¡Que me voy ya; hacerse a un lao pa cubrirme". Y así fue. Lo que Diego El Bollero lanzó por el tubo de escape, no tiene parangón más que con la caballería procesionista de Semana Santa, pero sin el tío de la escoba y el recogedor que disimulara el percance...
"¡Qué merdellón resulta todo esto"!, dijeron muchos cronistas de la época. Y yo me pregunto qué es lo merdellón, lo hortera. ¿No lleva cada ciudadano, bajo su capa de persona formal, como una especie de enano invisible que le hace ser él mismo a poco que las circunstancias lo permitan? ¿En qué habremos de distinguir la buena educación? ¿En no decir palabras que, por otra parte, están reconocidas por la Real de la Lengua? Pues si esas palabras no se pueden pronunciar en público yo invito desde aquí a la docta casa a que las elimine, para que no nos veamos en el compromiso formal de pronunciarlas. Además, ciudadanos, ¿es menos malo que la gente se exprese en público como lo hace en privado? ¿Cómo vamos a conocernos si vamos por la vida de hipocresía y de disimulo? El Bollero hizo muy bien de cantar aquello del balde de mierda corriendo por la ladera de la Alcazaba. ¿Con qué palabras, si no, iba a expresar lo que quería decir? ¿Es más soez decir mierda en la calle e inocentemente que poner los cuernos a un marido en el Carnaval reservado del Círculo Mercantil? Midan unos y otros la diferencia.
Además, conciudadanos míos, que nadie olvide que la cultura malagueña -la cultura popular- fue la que inventó el vocablo "merdellón" para establecer fronteras entre lo sucio de fuera y lo indecente de dentro; en eso, el pueblo fue inteligente, culto y exquisito.
Yo proclamo la inocencia del Carnaval y la necesidad de él.
Yo defiendo la libertad que tiene el Carnaval de expresar lo que se siente.
Yo abogo por un Carnaval crítico y denunciante.
Yo propongo el Carnaval de la gracia y la ironía.
¡Descorramos las cortinas, abramos el telón, vengan murgas y comparsas a decirnos qué somos y como nos ven!
Y, entre todos, tengamos la fiesta en paz, que es el único sacrificio que Málaga, nuestra madre, nos impone a todos.
Muchas gracias, señoras y señores.
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